Dar es causa de felicidad.
Ser generosos nos abre la oportunidad de ejercitar lo mejor de nosotros. Una forma de expresar que nuestra vida es tan abundante y próspera que nos da el lujo de compartir.
Y también puedes provocar un cambio positivo en la vida de los demás.
Sin embargo, no todo mundo apreciará tu generosidad.
Habrá quienes verán tu disposición a ayudar como un escape para su mediocridad. La solución a su pereza.
Con frecuencia me encuentro con personas que me dicen: “¿Para qué trabajas y estudias tanto? Deja que Diosito te provea”.
Y mi respuesta siempre es la misma:
“¿A costillas de quién me proveerá? ¿De otra persona con mayor necesidad que la mía? ¿De una viuda envejecida que está para que la apoyen y no para esperar a que me mantenga? No gracias”.
No me meteré en asuntos religiosos. Yo creo en Dios pero respeto tus ideas sobre este tema y no profundizaré en esa cuestión. Prometí que este espacio sería laico y libre de ideas religiosas y políticas o de debates sobre identidad de género.
Solo te cito ese comentario que me hacen para que veas que hay personas que están esperanzadas a que terceros las salven. Tan dependientes que renuncian por default a todo esfuerzo o intención por salvarse a sí mismas.
Y lo que es peor…
Animan a otros que sí nos gusta valernos por nosotros mismos a que seamos huevones y sigamos sus pasos rumbo a la deriva.
Es muy bonito dar. Pero para que puedas mantener dicho privilegio a lo largo del tiempo, tienes que evitar que ese bello regalo se convierta en una maldita carga.
Hay personajes muy famosos que tenían la total intención de ayudar. Pero la gente comenzaba a ver dicha ayuda como un derecho ganado y una obligación del personaje.
En las inundaciones que ocurrieron en septiembre 2024 en mi región, noté que en redes sociales la gente exigía a los artistas y deportistas originarios de mi zona:
“X debe ayudar. Aquí debería estar reconstruyendo las casas y amueblándolas”.
Mi intención no es desalentar a quienes tratan de ayudar. Al contrario, invito a hacerlo.
Pero no estoy de acuerdo en exigir a terceros a que se desprendan todos los días de su patrimonio.
Esas implacables exigencias son las que terminan por ahogar la generosidad de artistas y empresarios.
Sé generoso con las personas que menos pueden. Pero no permitas que terceros te impongan cómo y cuántas veces lo debes hacer.
El altruismo es placentero para quien da y para quien recibe, siempre que el que da tenga el control de la ayuda y el que recibe esté consciente que solo será temporal, mientras se recupera de un duro golpe para después volver a luchar por sí mismo (no aplica si ayudas a personas envejecidas o con enfermedades terminales, o con huérfanos, ahí sí comulgo en que la ayuda se prolongue).
Si la ayuda está bajo tu control y condiciones, podrás ser de gran consuelo a lo largo del tiempo.

